El carromato termina de ascender la cuesta y enfila la entrada del pueblo, por otorgarle un nombre al puñado de casuchas miserables que se desperdigan, como sembradas por la mano de un gigante borracho, sobre la cima del cerro. Juan resopla casi tanto como la bestia que tira del carro, un mulo viejo y enteco que apenas puede con él, por lo que los dos ocupantes han tenido que apearse del pescante y ascender a pie la empinada cuesta.
Juan es viejo, pobre, reseco y arrugado, como esta tierra por la que lleva dando tumbos una buena cantidad de años, sin que logre cesar de añorar la cálida costa del Puerto de Santamaría que le vio nacer, sobre todo en días como hoy. El cruel marzo castellano les ha obsequiado con una granizada de piedras, como huevos de codorniz, de tal furia que, para evitar que la bestia enloqueciese, la ha tenido que cubrir con su propio sombrero, un raro engendro tan añoso, si no más, que él mismo, cuya forma primitiva ni tan siquiera él alcanza a recordar y la actual resulta algo parecido a la embocadura de un trabuco naranjero. La fiesta ha proseguido con un bravo chaparrón que los ha calado a todos hasta los huesos y, para rematar, les envía ahora este viento helado, cual si el aliento del propio Satanás se tratase, que los está arreciendo hasta los tuétanos.
Juan, “el de la fandanguera”, le debe el apellido a su madre, sin que haya alcanzado a conocer otro. Era una mujer de vida alegre de “La Florecilla”, una casa de lenocinio ubicada en un ventorro de las afueras, que le debía el apelativo a su costumbre de rematar las fiestas, que de cuando en cuando sufragaba algún “Señorito”, entonando algunas estrofas de su pueblo natal, de la sierra onubense.
En contraste, su acompañante, Mari, “la Carretas”, suda con copiosa profusión, a pesar del gélido viento, por el sofocón que le causa la subida de la cuesta. De hechuras bovinas, ostenta una nariz larga y recta que cae desde la frente sin formar puente y apenas sin sobresalir; en su lugar, son las mandíbulas las que huyen hacia adentro; este particular, en conjunción con sus ojos pequeños, saltones y separados, determina que su cara resulte un tanto ovina, impresión del todo engañosa, pues, si Juan conoce a alguien que merezca el apelativo de lobuno, es esta mujer que lo acompaña, aunque quizás debiéramos reconocer que lo maneja como un pelele.
Lo recogió hace un par de años, medio muerto, a las afueras de Zafra, donde unos mozos, a falta de otra cosa mejor que hacer, se habían entretenido obsequiándole con una soberana paliza. Por aquellos tiempos, se ganaba la vida vareando colchones de borra, un trabajo duro y desagradecido, como su propia vida, y se encontraba sesteando a la sombra de la tapia de una iglesia. Una cuadrilla, con mal vino, se lo había encontrado cuando se hallaban más que cargados y, a modo de gracia, unos cuantos de ellos comenzaron a varear al colchonero como si de un colchón viejo se tratase. La alusión del vareado a la profesión de la madre de uno de los mozos, que había fallecido un par de meses atrás, fue la causa de que la broma pesada casi acabase en sepelio. Ella lo acogió y lo cuidó con la meticulosa rudeza de una monja cuartelera. Desde entonces, él la sigue como un patito recién salido del cascarón. Ella demuestra personalidad por arrobas y carácter por quintales, mientras que él es apocado y un poco magro de entendederas.
En media docena de ocasiones, Mari lo ha usado para desahogarse; no obstante, no es el ayuntamiento lo que la ata a ella, sino un incomprensible sentimiento de fidelidad y dependencia casi perruno. Cuando a ella se le ha antojado, ha yacido con quien le ha venido en gana, la mayor parte de las veces cobrando, algo que en Juan despierta tantos, o tan pocos, celos como podría sentir un sabueso que observa cómo su amo acaricia a otro.
Mari posee una voz profunda y un tanto quebrada, tan armoniosa como una cencerrada nupcial; su lengua es afilada cual hacha de verdugo e igual de demoledora y, si bien adolece de la sabiduría de un doctor de la Iglesia, no carece de un agudo ingenio y de un sexto sentido para trascender la naturaleza humana, en particular en lo que respecta a sus debilidades y vergüenzas.
Se adentran en el mísero poblacho buscando la plaza, pero, por lo que se ve, no dispone de tal. Lo más semejante es un trozo de calle un poco menos estrecho que el resto, de forma trapezoidal, donde se encuentran la fuente y el pilón. Un par de mujeres y media docena de muchachas se afanan restregando la colada sobre las tablas.
– ¡Han llegado los relojeros, señoras y señores! Por dos reales le ponemos a punto ese trasto que le dejó en herencia su difunta tía y que desde entonces no da más que disgustos.
La voz de Mari resuena en la plazuela como un disparo de bombarda. Ante la mirada de disgusto de las dos mujeres, que ven que, a poca cuerda que le den a la Carretas, les alborota el patio, las chicas le brindan su atención, aunque no hayan visto un reloj en su vida, apenas por escapar un poco de la rutina.
– ¿Y relojes de bolsillo también arreglan?
– ¿Tú crees que mi Juan, con estas manos que le ha dado Dios, puede meterle mano a un reloj de bolsillo?
Mientras que postula esto, Mari levanta una mano del aludido, mostrando sus dedos, semejantes a un manojo de plátanos, circunstancia que desata la hilaridad contagiosa del corrillo de lavanderas.
– También, por una perra chica, leo la buenaventura, garantizada.
Al oír hablar de dinero y por arte de ensalmo, todas las mujeres devuelven la atención a las tablas y frotan con ahínco. La Carretas se ha bajado del apellido y rodea el pilón, directa a una joven a la que se la ve meditabunda, un tanto apartada del resto.
– A ti, niña, por estar tan triste, te la digo gratis. Ven con la Mari al carromato, que verás como te voy a alegrar esa carita –Mari percibe brillar un instante la duda en sus ojos, la señal que aguardaba, y, agarrándola por el codo, arremete de nuevo– ven, chiquilla, deja un segundo la colada, que no se va a marchar, y arrímate para acá, que no te voy a comer, por lo menos ahora, delante de tanta gente.
De mala gana, se deja llevar y, entre los cuchicheos del resto, la sigue al interior del carro.
– Tú, bájate, que esto es cosa de mujeres.
El citado la obedece como un corderito, y las dos mujeres se sientan en el interior. La joven le tiende la mano.
– Guárdatela. La Mari no necesita estudiarte la mano para saber lo que tienes: a ti lo que te ocurre es que un muchacho te ha hecho una faena, ¿cuántas faltas has tenido?
– Dos –responde la aludida tras dudar un momento.
– No te preocupes, que esto te lo arreglo yo por dos pesetas ¿Puedes conseguirlas?
Tras dudar un poco más, la chica asiente con la cabeza. Queda citada con Mari, que situará el carro en un soto discreto, a la vera del río, para el Ángelus. Manda a Juan a instalarse en el lugar convenido, mientras que ella aprovecha para dar una vuelta por el pueblo, pues aún faltan casi dos horas.
– ¡Han llegado los relojeros! No arreglamos relojes, señores, los resucitamos ¡Los relojeeeeeros!
Inasequible al desánimo, recorre el pueblo con la cantinela, a la que consigue imprimir un tono casi alegre. En una calleja, se cruza con el párroco, que va dispuesto con el viático.
– ¿Ha atendido ya al doliente, Padre? –en vista de que el aludido asiente, prosigue– En ese caso, me va a permitir que le de unas puntadas al dobladillo de la sotana, porque lo lleva suelto y se va a acabar tropezando. Venga, que lo acompaño a su casa y en un segundo se la dejo como nueva.
En el domicilio del citado, después de coser la prenda y por el importe de una peseta, saca al dueño de miserias y lo deja también a él como nuevo. Mientras que se encamina al carro, pues falta poco para la hora, al pasar por la puerta de unos corrales escucha a una bestia mugir con afligida desolación y al dueño casi hacer otro tanto.
– ¿Qué pasa, hombre de Dios, por qué esas lamentaciones?
– La vaca, que está de parto, y el ternero viene atravesado.
– Por dos pesetas te lo saca mi Juan. Y si no es capaz, no te cobramos nada.
No demasiado convencido y tras regatear un buen rato, el hombre acepta pagar diez reales. María manda a Juan a la tarea, para la que posee una habilidad innata; mientras tanto, ella monta en el carromato con la muchacha, que ya aguardaba. Con cuatro toscos instrumentos y una destreza que no se adquiere rezando el rosario, en menos de veinte Avemarías, Mari le libra a la muchacha del peso que la lastraba.
Cuando está acabando de preparar la comida en la hoguera, sopas de ajo y unas tajadas de la orza, llega Juan con los diez reales, que le entrega íntegros. Mientras que dan cuenta del almuerzo, Mari, contenta como una colegiala, le detalla los pelos y las señales de cómo ha ganado las tres pesetas.
– ¡Treinta y cuatro reales en un ratico! ¡Mira a ver si no tenías que varear colchones, a razón de perra chica!
Juan almuerza en silencio. Por lo que respecta a los reales, a él le dan igual cuatro que treinta y cuatro, pues tanto va a ver de los unos como de los otros. Observando a la Carretas tan animada, hace el acopio de valor preciso para soltar lo que viene rumiando.
Oye, Mari: digo yo que, como nos ha ido tan bien, por qué no dejamos lo de los relojeros para otro pueblo.
– ¿Qué por qué? –ruge mientras que le cruza la cara con sendos bofetones, casi tan estruendosos como su propia voz– ¿Qué por qué? –repite la jugada y deja la cara de Juan del mismo tono que la tajada de longaniza que estaba comiendo– ¡Porque lo digo yo! –remata con otro par de lo mismo– ¡Mi Paco, que Dios guarde en su seno, era relojero y relojeros hemos de ser nosotros!
Juan, al que no le restan argumentos, ni ganas, desiste de proseguir la discusión. Mari se marcha de nuevo al pueblo, enardecida.
– ¡Relojeeeeeros, han llegado los relojeros!
– ¿Podrían arreglar este? Se detuvo el día que enterramos a mi difunto Hilario, como si tuviese conocimiento, y no quiso volver a caminar.
– Por supuesto, señora, en menos de lo que se tarda en hacer un caldo, mi Juan se lo deja como nuevo.
– ¿Y cuanto llevan?
– Dos reales, señora.
Tras pretender regatear, algo a lo que no se aviene Mari, que la ha visto decidida, se lleva el reloj de pared debajo del brazo. Al cabo de una hora, se lo devuelve envuelto en un trapo.
– Tome, señora. Y tenga cuidado, porque se lo hemos engrasado y tiene que dejarlo así, bocabajo y envuelto, hasta mañana. No se le ocurra darlo la vuelta antes si no quiere que se le descompongan los engranajes.
Mari monta en el carro y apremia a Juan.
– Vamos, no sea que a la viuda le de por quitar el trapo y se dé cuenta de que le hemos vaciado las tripas al trasto.
Juan, mientras que azuza a la bestia chascando la lengua, cabecea y murmura entre dientes.
– Qué necesidad tendremos.
– ¿Qué dices? –inquiere la Mari con la mano levantada en ademán de arrearle de nuevo.
– Que otros pueblos hallaremos –responde con temerosa premura.
– Me había parecido escuchar otra cosa ¡Arrea, que vienen arreando!
Por la misma cuesta por la que llegaron, desafiando al relente, se alejan los relojeros.
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