Finalista del premio ex novo de literatura de temática histórica, 2010
Nuño encabeza la silenciosa comitiva mientras escruta la noche en búsqueda del más ínfimo indicio de riesgo. Atesora muchos años en el oficio, bastantes como para asumir que en detentar el control sobre cada uno de los detalles estriba la diferencia entre el éxito, una fructífera y rutinaria acción de rapiña, y el fracaso más absoluto, una decena de bajas y la mitad de la partida herida o impedida. Han envuelto las pezuñas de las bestias en paños para amortiguar el ruido de la marcha, y ellos mismos se han descalzado las espuelas y fijado a conciencia las armas para que no tintineen. La luz del cuarto creciente le basta para distinguir el terreno, que conoce de sobra por haberlo recorrido guiando a docenas de partidas como esta. A unos veinte pasos cabalga su señor, Don Blasco, que recorre las penumbras con similar pericia, seguido inmediatamente de su hijo, Jimeno, y de su ahijado, Suero, y, tras de ellos, el resto de la compañía, una treintena de buenos escuderos: bravos, curtidos y habituados a la labor, el que menos de ellos cuenta ya tres veranos de campañas, la práctica totalidad de la mesnada de Don Blasco, la envidia de toda la cuadrilla de San Vicente y, aunque no lo admitiesen, también de la de San Juan.
Sin duda, una partida tan numerosa resulta algo tan sorprendente como inusual, pero Don Blasco pretende que la primera campaña de su único hijo se realice con todos los honores; no porque crea con sinceridad que los merece, sino porque no se espera menos de él, y obrar de otro modo hubiese supuesto una merma en su prestigio. Cuando abandonaron Ávila, habían causado admiración y estupefacción, y en boca de cuantos les vieron partir –toda la gente ociosa de la ciudad, pues había fijado con todo propósito la salida para la media mañana– no se escatimaron los halagos, ya que en realidad parecían que iban a tomar Sevilla. Habían bregado ya, a lo largo de las dos semanas que llevaban en el campo, en media docena de escaramuzas con las guarniciones moras que se desperdigaban por la las estribaciones meridionales de Gredos, custodiando los pasos, a las que, una tras otra, habían sorprendido durmiendo o comiendo, y habían sido sistemáticamente exterminadas, dando incluso lugar para que los muchachos manchasen un poco de sangre sus espadas. Sólo restaba, como colofón a la campaña, terminar con un saqueo en la rica vega de Plasencia y así aprovechar para no volver de vacío a casa. El hecho de que la partida de don Blasco fuese una de las más numerosas y los mas bravos escuderos de toda Castilla aspirasen a formar parte ella no obedecía a la casualidad, sino al hecho de que no se guiase por la soberbia y las ansias de gloria de un señor altanero, sino que siempre primaba en su gestión la eficacia y los buenos réditos en forma de botín.
***
A pesar de que Nuño no es más que un simple escudero, en el campo todos acatan su autoridad, empezando por su Señor, al que no le sobran las luces pero que demuestra suficiente sentido común como para permitir que sea su vasallo quien organice todo. El padre de Don Blasco, Don Alonso, se había encaprichado de él cuando lo conoció en el hospicio de Burgos en el que hizo parada cuando se trasladaba desde su tierras de origen, vizcaínas, hasta Ávila, y descubrió la facilidad con la que el mocoso, de apenas una decena de años, abatía a los pájaros que pretendían cebarse en el huerto del convento. No le supuso demasiado esfuerzo persuadir al hermano prior de que lo dejase bajo su custodia, pues concedía menos importancia a la salvaguardia del huerto que a los quebraderos de cabeza que le provocaba aquella criatura a la que, por lo que había llegado a averiguar, no había norma, pared o atadura capaz de retener.
Nuño contaba con un par de años más que el hijo menor de Don Alonso, Don Blasco, al menos así lo creía, pues en los hospicios tampoco eran demasiado meticulosos para esos menesteres. El caso es que crecieron juntos, a muchos efectos casi como hermanos, si bien manteniendo una cierta distancia, ya que Nuño supo siempre cuál era su sitio y, las escasas ocasiones en las que lo olvidó, aunque fuese por un instante, Blasco tuvo buen cuidado de refrescarle la memoria. A pesar de la diferencia de edad, Nuño jamás logró superar en fuerza bruta a Blasco, si bien en las peleas nunca encontró problemas para derrotarlo en toda ocasión, siempre valiéndose de alguna sucia añagaza, para las cuales demostraba un especial talento.
Don Alonso medró con modesta pujanza en la ciudad en fase de expansión que era entonces Ávila, si bien el verdadero golpe de suerte lo disfrutó Blasco, que fue adoptado por un tío segundo, por parte de madre, que pertenecía a uno de los linajes más ilustres de la ciudad, el de Blasco Jimeno, circunstancia que le permitía erigirse en miembro de pleno derecho de la cuadrilla de San Vicente, prebenda que acreditaba luciendo en el escudo los seis roeles de azur sobre campo de oro que distinguían a esa estirpe de los Dávila. Su padre, como regalo de despedida, le concedió a Nuño, que, a partir de entonces, continuó a su servicio. A partir de su deceso, Blasco heredó el mayorazgo, pasó a ser Don Blasco, y llegó a convertirse en alguien importante, condición que se tornó en realmente preeminente cuando acordó un muy buen matrimonio, al que acompañaba una dote envidiable y que además lo unía con los Águila, otro de los linajes ilustres de la ciudad. Este casamiento le permitió reclutar una mesnada espléndida, que, entrenada y capitaneada por Nuño, le rindió pingües beneficios en las expediciones de rapiña que eran en realidad las campañas en tierra de moros, además de un merecido y envidiado prestigio dentro de la cuadrilla, incluso de la ciudad
En el ámbito personal, el matrimonio resultó un completo desastre pues, aparte de que la mujer era fea como un demonio (no exhibía otra cosa que huesos, narices, dientes y orejas, a cada cual más torcido) se gastaba un carácter de mil demonios y se mostraba terca como una mula y arisca como una vaquilla escarmentada. Por fortuna (para él), ella murió de fiebres al alumbrar al segundo vástago, una hembra, que la siguió a los pocos días. Debió quedar bien ahíto de la experiencia, pues no volvió a contraer nupcias.
***
Nuño hace un gesto con la mano, y la comitiva se detiene en silencio, a excepción de Jimeno, que ha chocado con unas ramas y maldice entre dientes, si bien es callado en seco por un recio golpe del guantelete de Don Blasco, que, a cualquier otro que no hubiese disfrutado de su recia y montañosa constitución, la misma que la del padre, de sobras lo hubiese descabalgado. Para hacer honor a la verdad, el parecido con el padre concluye ahí, ya que, por más que el progenitor no sea un paradigma de inteligencia, demuestra un sentido práctico y un instinto notables, algo que, para su desgracia, no ha heredado el hijo, ni tampoco la destreza en el uso de las armas. Por caprichos de la genética, sí que ha resultado agraciado con el áspero e intratable carácter de la madre. A diferencia suya, Suero exhibe una astucia notable, incluso consigue sorprender en muchas ocasiones a Nuño, con quien invierte más tiempo que con nadie, acribillándolo a preguntas y exigiéndole todo tipo de demostraciones, como si estuviese ansioso por absorber cuanta sabiduría atesora el escudero. Este lo aprecia casi como a un hijo, que por otra parte no tiene, y lamenta de veras que no sea él a quien le corresponda heredar el mayorazgo.
El viejo escudero aguarda a que la partida quede de nuevo en silencio absoluto y, tras descabalgar, se adentra en la noche como un gato negro. Aunque todavía no ha avistado su objetivo, sí ha logrado olfatear la mezcla del aroma de las cenizas y el olor de las bestias que caracteriza a todo asentamiento humano, ya que se han acercado con el viento de cara como precaución para no ser detectados. Se aproxima con extremo sigilo a su objetivo, con el propósito de que nadie se aperciba de su llegada.
Nuño da cuenta de los guardianes, un pastor y dos perros, que comparten el mismo chamizo, antes de que ninguno llegase a percatarse de lo que estaba ocurriendo, y regresa con el mismo silencio a donde ha dejado apostada a la partida. Vuelve a montar y, con otro gesto, ordena a la columna que se ponga en movimiento. Sin pronunciar palabra alguna, va señalando con las manos para distribuir a los hombres, que le obedecen como si de prolongaciones de su cuerpo se tratasen. En el momento preciso, se vuelve y dirige una mirada a su Señor, que ordena detener a los dos muchachos. A lo largo de los años, Don Blasco y su escudero han desarrollado una habilidad especial para permitir que sea Nuño el que gobierne la partida sin que este particular suponga menoscabo la autoridad o la dignidad de su señor. Se encuentran más o menos en el centro del caserío, desde donde se pueden supervisar todas las operaciones y, por otra parte, es uno de los lugares menos expuestos si alguno de los moradores se despierta y decide soltar algún venablo. Nuño prosigue su labor, dejando a los señores junto con dos escuderos, dos de los más añosos, que ha asignado, desde antes de la salida de la partida, como las niñeras de los jóvenes, ya que, si bien no son los más ágiles para trepar por las tapias, conocen de sobra estos lances y son idóneos de anticipar qué es lo que puede comprometer a unos muchachos imberbes, además de ser capaces de empuñar la espada con mano firme y de manejarla con la destreza que sólo es capaz de otorgar la costumbre.
La mesnada rapiña todo cuanto hay a la vista de valor y que puede ser llevado con facilidad: cuatro docenas largas de reses, cinco buenas yeguas y un semental, además de media docena de mulos, que sacan por el campo, dando un rodeo, para no alertar a la gente del caserío. Con el mismo sigilo con el que ha aparecido, la comitiva se diluye en la negrura de la noche. Una vez han recorrido media legua, se detienen un instante para calzarse las espuelas, desembarazar las armas y liberar los cascos de las bestias. Nuño, por su parte, aprovecha la parada para hacer recuento, evaluar el botín y comprobar que no falte nadie de la mesnada. Tras el breve receso, retoman la marcha a buen paso para poner tierra de por medio y se encaminan hacia el noreste para hacer creer a sus posibles perseguidores que se dirigen al alto de Tornavacas, la ruta más corta; no obstante, apenas llegan al río Jerte hacen un buen tramo por el lecho mismo, corriente arriba, al menos otra media legua, antes de salir del agua por un pedregal y encaminarse, atravesando el monte, hacia el paso de Bejar.
Se puede apostar la vida como un bravo durante años y luego perderla de la forma más absurda. Ya se encuentra bien entrada la mañana, cuando hacen un alto en una fuente del puerto para que almuercen los hombres y abreven las bestias. Don Blasco se ha quitado el almofar para refrescarse y se dispone a colocárselo de nuevo, cuando un virote lo ensarta por la oreja derecha y lo fuerza a cabecear de un modo un tanto cómico, como si quisiese sacarse el agua de los oídos tras un baño en el río, para caer, acto seguido, presa de convulsiones.
Nuño se apresta a impartir las órdenes, maldiciéndose por no haberse apercibido de la celada. Por fortuna, no se trata de una hueste que les acose, sino que aparenta ser uno sólo el enemigo, que Nuño acierta a vislumbrar esconderse tras un pino, pues, en cuanto que el virote hace impacto, en lugar de contemplar el fin su señor, por el cual no hay nada que se pueda hacer, dirige de inmediato la vista hacia origen del disparo, donde descubre una silueta que se afana en desvanecerse. Envía a los cuatro mejores monteros para que vayan aproximándose, sin prisa y con suma precaución, ladera arriba, mientras que él se apresura corriendo como un gamo y dando un buen rodeo.
Antes de que lo pueda sorprender, el emboscado, que es consciente de que está aviado, todavía tiene ocasión de armar un par de veces más la ballesta, y logra alcanzar primero a uno de los monteros en el muslo y después yerra por los pelos a otro, al que arranca un trozo de oreja. Nuño lo acomete por detrás y, a pesar de que lo escucha en el último momento, no le brinda la oportunidad de volverse con la ballesta, que está terminando de armar, y lo tumba de un golpe plano en la cabeza con la mesa de la espada.
El ballestero, de poco más o menos la edad de Jimeno y que resulta ser el hijo del guardián muerto, confiesa que ha salido una partida en persecución de la suya, si bien han sido engañados por su treta y prosiguieron la búsqueda en dirección al puerto de Tornavacas. Él, que los seguía en una yegua que ha robado y que hallaron un poco más arriba, sin silla y con las patas trabadas a unas jaras, siguió el rastro hasta el río, donde, al constatar la desaparición de las huellas, adivinó las intenciones de los asaltantes y se dirigió a todo galope hasta la ruta de Bejar, donde les ha aguardado.
Nuño constata que se trata de poco más que un niño, que por otra parte también ha perdido a su padre; dado que su valentía y sagacidad le han causado admiración, decide llevarlo cautivo e incorporarlo a la mesnada. Con toda seguridad tratará de escaparse, si no de vengarse, pero ha previsto mantenerlo bajo varios ojos a todas horas, hasta conseguir domarlo: potros más salvajes ha desbravado. Incluso, cabe la posibilidad que, unos pocos años más tarde, aquel muchacho llegue a ser su sustituto, pues comienza a percatarse de cómo el tiempo, que no perdona, va haciendo mella en sus fuerzas, y el chicuelo parece disponer del arrojo y la astucia precisos.
Cuando Jimeno constata que el escudero ordena maniatar al muchacho, se abalanza por detrás y lo degüella con su daga.
– ¿Qué habéis hecho, mi Señor? –protesta Nuño, al quien aquel desperdicio tan absurdo le desconcierta aún más que le duele.
– ¿No pensaréis, acaso, que iba a permitir que el asesino de mi padre continúe respirando? Ordenad a los hombres que se dispongan, pues vamos a brindar un buen escarmiento a esos perros.
No hallan la forma de hacerle entrar en razón. Ante las tentativas de Nuño, se limita a gritar con desprecio.
– Ahora soy yo el Señor. Haced lo que os ordeno si no queréis que os mande azotar.
Los miembros de la partida se escrutan, preocupados, mientras que se aprestan; aunque ninguno es cobarde –no hay lugar para pusilánimes en este oficio– a nadie le seduce la idea de protagonizar una incursión suicida, máxime cuando hay una mesnada, incluso es posible que varias, persiguiéndoles para darles caza. Con la mediación de Suero, Nuño logra, al menos, que consienta en enviar a Ávila el botín capturado junto con una decena de hombres para custodiarlo, además del cuerpo de su padre, con la excusa de que no les embarace los movimientos, aunque maldito sea el provecho que van a sacar de ello, ya que, a buen seguro, hoy acabarán todos muertos, si no peor, capturados y torturados por los medios más terribles para hacer de ellos escarmiento ejemplar.
Guiados por Jimeno, que, crecido por el mando, ya no le presta oídos a nadie, ni siquiera a Suero, la mesnada desanda sus pasos y se dirige hacia el valle del Jerte en busca de la otra que, si han de conceder crédito a lo que ha descrito el muchacho, estaría compuesta por catorce perseguidores. Algo antes de Navaconcejo, ambas huestes se avistan. O bien el joven les ha engañado, o bien, con mayor probabilidad, la columna de los perseguidores se ha reforzado en algún pueblo y ahora está integrada por más de treinta jinetes, así que los superan en número. Insensible a los consejos de Nuño, que pretende hacerse fuerte en los riscos que ocupan ahora y escapar con la oscuridad de la noche (además, se diría que el cielo pretendiese ampararles y comienza a nublarse), Jimeno lo tacha primero de cobarde, y le ordena callarse a continuación, advirtiéndole que, si vuelve a abrir la boca antes de que lleguen a Ávila, le hará arrancar la lengua. Nuño se vuelve hacia sus hombres, desesperado, y sus ojos sen encuentran con los de Suero; entre ambos hombres brilla el mudo entendimiento, forjado a base de cientos de horas de adiestramiento compartido, y no fueron precisas más palabras para adoptar una desesperada determinación.
Nuño pasa revista a los hombres antes de cargar y, mientras que Jimeno les vocifera una infantil arenga sobre la gloria de Ávila, de la casa Dávila en general y de la suya en particular, el escudero repasa el equipo de cada hombre y dirige a cada uno una mirada que a ninguno le deja lugar a dudas.
Suero se ubica junto a su hermano adoptivo, Nuño detrás de ellos y, siguiéndoles, el resto de la partida, en fila de a dos. Cuando Jimeno enarbola la espada y brama la orden de salida, la partida lo sigue al galope, apresurándose a recorrer las poco más de mil quinientas varas que les deben de separar de los moros, que, por su parte, también comienzan a galopar hacia ellos. Nuño procura que la columna se retrase unas veinte varas, permitiendo que la distancia aumente poco a poco para que Jimeno, que de cuando en cuando vuelve la cabeza, no perciba nada raro. Cuando restan algo más de setecientas varas para que se encuentren y la polvareda que han levantado los caballos es ya considerable, en completo silencio y mediante un gesto, indica a la partida que inicie la maniobra que han realizado antes en infinidad de ocasiones y que, cuando salieron de campaña con el rey de Castilla, que trataba de recomponer su dignidad tras el desastre de Alarcos, había causado su admiración, consistente en que los jinetes, de atrás hacia adelante, fuesen volviendo grupas, invirtiendo el orden de la marcha en lo que semejaba ser una desbandada, pero que en realidad constituía una retirada bien organizada, que ocasionaba que los enemigos se lanzasen como locos a perseguirlos hasta ser conducidos de cabeza hacia una celada. Cuando apenas faltaban doscientas varas para que Jimeno y Suero alcanzasen a la otra partida, Nuño, retrasado ya unas cincuenta varas, ordena girar a su montura mientras que emite un profundo silbido. Suero se apresa también a dar la vuelta, dejando a Jimeno, que no se ha apercibido de la jugada, detenido en medio del campo, atónito, intentando asimilar lo que ha ocurrido, aunque apenas tiene ocasión de hacerlo pues, unos instantes después, es ensartado.
Cuando Suero alcanza lo más alto de los riscos, cabalgando como un poseso, apenas un par de segundos después que Nuño, que había refrenado un poco su galopada para tenerlo a su alcance, ya había más de diez hombres con el pie en el suelo y la ballesta armada. Con la primera andanada, a la orden de Nuño, media docena de los perseguidores besaron el suelo, entre ellos el que los dirigía, circunstancia que disuadió a los demás de seguir avanzando. A una distancia prudencial, un par de tiros de ballesta, los perseguidores levantaron campamento y mandaron jinetes, sin duda a pedir refuerzos, que partieron al galope aprovechando el par de horas de las que disponían hasta el crepúsculo.
– ¿Qué ordenáis mi Señor? –requiere Nuño, arrodillado frente a Suero, que ahora ya no da la impresión de ser un muchacho.
– Que roguéis a Nuestra Señora que mantenga esas nubes y, una vez anochecido, nos llevéis a casa.
– Será un placer, Señor.
viernes, 25 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
plas plas plas plas plas plass plass plass
(sonido de apalausos)
Impresionada y agradecia por tan preciosa lectura. Un verdadero placer!
ciao.
Gracias por sus halagos y aplausos, cauta y valiosa señora, y sea bienvenida a esta casa.
Publicar un comentario